Un bonus que le acercó la vida
Lorena Terranova (35) no tenía mayor sueño que estudiar con Pepe Cibrián, y terminó trabajando 8 años como profesional. Actriz, cantante y algo más, esta profesora de educación física precisó “caer en la debacle” para redescubrir su lugar en el mundo. Algo sobre teatro, pero con otra perspectiva.
Entrar en su casa, charlar con ella, compartir un momento, es, simplemente, dejar de lado todo posible prejuicio sobre un artista y la radiografía estereotipada capaz de bosquejar sobre quienes colman estadios, aparecen en TV o se suben a las maderas para acercar entretenimiento. Desde el llamado telefónico puede intuirse que Lorena Terranova es una persona e
xtrovertida, con empuje, que sale adelante y sorprende a cada palabra. Sin dudarlo, pasa su dirección y arregla sin inconvenientes el horario del encuentro, en su casa.
Allí todo reluce, todo está en orden; nada desencaja. El ambiente está impecable, y recubierto de un penetrante aroma a limón. Movida, quizás, por el aura primaveral, en que las flores abren sus capullos y preparan las flores, Lorena también abre su corazón en pos de su historia mientras sirve una taza de café y dispone obleas sobre la mesa. Una historia que trata del extraño camino que le tocó transitar hasta convencerse de que su amor por el deporte también le dejaba lugar a su veta artística. Quizás así podría comprenderse cómo una jóven de 27 años, dedicada a la educación física, ganó la atención de José Cibrián Campoy y llegó a convertirse en una voz autorizada del género musical en el país.
Radiografía temperamental
Su impronta, su desenvolvimiento y su hablar constante (del que ella misma se acusa) muestran a primera instancia una persona con fuerte impronta personal. Sin embargo, detenerse en sus pequeños ojos puede mostrar, con tiempo, otro personaje que habita en su interior. Lo revela ella, en un brote de sinceridad. Se considera arremetedora, aunque todo eso es en función de cubrir, cual coraza, su condición de persona tímida. “No me creen ni mis amigos –continúa-, porque soy como el monigote de las fiestas. Pero soy tímida; lo disfrazo y lo voy piloteando por otros lados. Ahora me pongo a cantar y todo porque estoy entrenada, pero yo no era así”.
Por otra parte, reconoce haber heredado de su padre un carácter muy rígido. “Yo soy igual. Y así estoy. Me he ganado muchos enemigos, porque el mundo del teatro no parece estar hecho para quien mantiene su palabra, para quien no tiene dobleces, etc. Estoy orgullosa de mi manera de ser, pero en varios trabajos me ha traído problemas. A veces hay que ser obsecuente, hacer oídos sordos a algunas cosas”, dilucida con sencillez.
La marca de la familia
Hija de un ex jugador de Vélez (capitán en sus tiempos de Carlos Bianchi), papá Eduardo y toda su familia siempre le inculcaron el amor por el deporte. Salvo la díscola abuela, que desde pequeña le aleccionó en la música española. “La abu” comenzaría a transmitirle el amor por la danza. Lorena fue conducida, entonces con 6 añitos, a las clases de Ballet de -nada más y nada menos- Wasil Tupin, maestro del Colón.
Pero ella sentía aburrimiento; sentía que no encuadraba con su forma de ser y comportarse. “Estar dos horas haciendo ‘demi plie’, manito y ‘demi plie’ me cansaba. Definitivamente no era para mí”, desahoga de buen humor. Y a los 8 colgó el tul, aunque no las calzas y los zapatos de media punta. Hasta los 14 participó en el equipo de Gimnasia Rítmica de Vélez Sarsfield, club de sus amores. Pero la llegada de la adolescencia y la emigración de sus profes a la Unión Soviética fueron motivos suficientes para dejar esto de lado.
Brote por el Teatro
Una noche del 94’ Lorena salió con sus amigas. Al novio de una de ellas le habían dado entradas para ir a ver al Luna Park Drácula. A nadie se le ocurriría decir que no. “Yo no sabía lo que era el género musical ni nada. Y decía ‘¿Bancarse tres horas que te canten? ¡No, ni loca!’. Fuimos y me morí. Salí enloquecida”. En textuales palabras reconoce la fascinación que le produjo descubrir una de las primeras obras que impulsó el musical en Argentina, en el mayor esplendor de la Compañía Cibrián-Mahler.
Al otro día convenció a sus padres para asistir nuevamente. Acabada la función, le confesó a su mamá: “Yo quiero estar ahí arriba. Quiero estar en el escenario”. De allí en más estuvo atenta a todas las noticias del ámbito, hasta convertirse en aficionada. “Siempre estuvo esa cosa ahí, pero medio oculta. Nunca fue como algo que explotara de golpe”.
El bache en el camino
Sin perder el ánimo, cuenta que se casó muy jovencita. Su primer matrimonio fue “un desastre”. Se fue a vivir a Bahía Blanca y se volvió a los 4 meses. Esa vida tan rígida que había conformado como profesora de educación física se había desvanecido de pronto, sin dejarle rumbo y con la posibilidad del retorno como única válvula de escape. “Volví menos 20, sin laburo y sin casa. Ese fue el clic”, atiene a pronunciar.
“Necesitaba conectarme con algo que me rescatara –continúa-. Yo no tomo alcohol, no fumo. ¿Cómo puedo canalizar toda esta angustia en algo que me produzca placer?”. Luego de ver una entrevista a “Pepe” –como lo llama-, su mamá le insistió en que empezara a estudiar con él. Lo consideró una locura, pero en el balance final comprendió que no podía haber nada peor. Quería abandonar “la debacle total”.
Descubrimiento
No habían pasado más de tres clases, cuando Pepe la encaró y le preguntó como se llamaba. Apenas acertó un timorato “Lorena”. Él, siempre representado con voz endulzada y ademanes de fineza en cada movimiento, le dijo: “Mi amor, ¿te animás a cantar la canción que estábamos ensayando?”. Se trataba de Alondra.
“Soy una persona muy perceptiva –aclara Lorena-. Si le decía que no, nunca más iba a mirarme. Más allá de mi timidez, siempre quiero que la gente me tenga presente”.
Y cantó. Mirando a la lejanía, no fue nada muy estoico. O bien, en palabras de ella, fue “todo una cagada”. Sin embargo, Cibrián la llamó aparte al final del ensayo y le ofreció entrar como reemplazo en La importancia de llamarse Wilde, obra en la que Ana María Campoy se despediría de las tablas. “Se dio, y Pepe empezó a prestarme mucha atención. Descubrí una faceta de la que no estaba al tanto. Fue algo muy loco”.
Sobre Cibrián y algo más
Quien escribe habría preguntado qué director le marcó más en su carrera artística, si no fuera porque aquello aparece evidenciado a cada momento del encuentro. Se alza, sobre todos, la figura excelsa de “Pepito” Cibrián.
“Él fue el que me dio la cuota de confianza –reconoce Lorena- Fue en el momento preciso. Si hay algo por lo que le voy a estar agradecida es por darme confianza en salir adelante”.
“El actor tiene que tener la habilidad de poder adaptar su trabajo tanto al Ópera como al sucucho de la esquina”Sin embargo, Cibrián no escapa a la crítica bienintencionada de Terranova, que al igual que tantos otros, lo tildan de rigorista. Tanto ella como sus compañeros reconocen que trabajar con Pepe es heavy. Todos los que forman parte de la compañía consideran que en ella no hay preferidos, y eso los exige a estar en constante entrenamiento. Y Lorena lo deja en claro: “Por supuesto es un genio. Tiene el ojo para mirar donde nadie más ve. Y conmigo siempre pegó buena onda. Sabe que me gusta joder, pero es una personalidad muy estricta. Trabajar con Pepe es un entrenamiento a full”.
Lorena valora el sentido de pertenencia que se forma con el elenco y la compañía, donde todo es un tanto democrático y, más allá de la grandilocuencia de lo que se exterioriza, se trabaja mucho a pulmón y con las vistas al devenir. Todos deben organizarse para llevar adelante los proyectos y eso suma a un trabajo comunitario entre actores, vestuaristas, escenógrafos y director. “Siempre estás agudizando un montón. El actor tiene que tener la habilidad de poder adaptar su trabajo tanto al Ópera como al sucucho de la esquina”, resume.
Entre los personajes que ha representado, salva en el recuerdo el papel de Leyla, de Las mil y una noches, por el registro agudísimo que requería. Pero ahondando más allá se queda con María Magdalena, un personaje que la marcó por la compenetración que sentía por la vida del personaje y la química que palpaba con el Jesús. “Con Javier Malisaldi había una gran conexión. Había funciones en que era muy difícil no quebrarme con el personaje”.
Si bien no lo dice, da a entender que nunca terminó de cuadrar en el ambiente. No por su mala relación con los compañeros, sino por haber mamado de otras realidades. Su personalidad rígida y su honestidad –brutal- le abrieron y cerraron puertas. Como tantos conoce de la lucha que se da entre actores y sus disputas. Quien está afuera siempre anda al acecho, agazapado para atacar y arrancar de un zarpazo al primer error el papel protagónico. Pero ella no se hace la cabeza, porque reconoce sus orígenes, la puerta estrecha por la que entró en el mundo del espectáculo. “Donde te descuidás, te saltan diez encima”, hace saber, y señala
que ya no está para competir “con una piba de veinte que tiene el culo bien arriba”.
El teatro la ha llevado por muchas geografías. Pero entre ellas destaca las zonas más humildes, las ciudades más chicas, porque allí se reencontraba con esa magia que sentía en sus tiempos de espectadora. “Lo que tiene de mágico el teatro es que la gente plasma en el escenario su sueño y su deseo –anima a decir- Hay unas ganas del público de estar ahí”. Y el mensaje de estos públicos siempre es el mismo: Gracias por venir acá, gracias por acercarnos cultura.
Presente y Futuro
“La vida del Teatro es fascinante, pero vertiginosa, alocada y desgastante”El fuerte aroma a limón se desvaneció por completo, y se siente ya esa ausencia que había marcado el comienzo de la charla. En este escenario montado parece faltar algo que complete este calmo paisaje. Son los niños. Ella avisa que está también “con todo eso”. “Es un buen momento para proyectarlo”, pero obviamente no es compatible con su profesión. Así es que desde junio de 2009 está elaborando el duelo, muy paulatinamente: “La abstinencia de escenario es terrible. Me está costando más de lo que creí. Sentís que te falta esa mirada”.
También se atreve a decir que la vida del Teatro es fascinante, pero vertiginosa, alocada y desgastante. “Desde el 2005 que empecé con las giras me perdí mucho a nivel familiar. Gracias a Dios tengo un marido que es un Sol y una familia que me apoya, porque sin la contención es imposible”.
Pero cree en el fondo que todo se saldará con la maternidad. Eso va “a llenar el vacío o esa abstinencia rara que se siente”. Por ahora prefiere trabajar en los proyectos de Carlos Abregú, como Hechos de los Apóstoles (para fin de año), bajo la dirección musical de Ángel Mahler. Esta compañía le permite “tener una vida”.
Esta mujer, ya de 35, no se hace la cabeza con el futuro, del que poco se preocupa. “No sé si me voy a volver a subir al escenario del Ópera. Probablemente no lo vuelva a hacer nunca más –vaticina- Pero nunca estuvo en mis planes hacerlo. Las dos veces que lo hice fue de regalo”.