| Sé joven y cállate |
1968. Mayo. París. La
temperatura primaveral que empieza a despertar entre las estrechas veredas
grises como el invierno que se va favorecen el hervor sanguíneo de cientos de
jóvenes descontentos con un sistema que no les promete ni flores ni alegrías
histriónicas como las que genera el movimiento hippie al otro lado del océano.
En cambio, está vivo el recuerdo de la Guerra de Argelia; Vietnam sigue tomando
vidas en un escenario que orquesta la lucha de dos modelos; está fresco el
recuerdo del guerrillero asesinado en Bolivia y sus incursiones al África
ahogada bajo la dominación extranjera; además, la revolución maoísta; y por si
poco fuera, el Estado de Bienestar comienza a mostrar las grietas que años
atrás parecían imposibles de avanzar bajo un nuevo modo de producción.
En este contexto
detona la efervescencia social a partir del cierre de la Universidad de
Nanterre, que lleva a los estudiantes de la Sorbona a abrazarse a la causa que
tiene foco en el barrio latino de París. Allí convergieron, sin una agenda
común, los universitaros descontentos por un mercado incapaz de contenerlos;
también, los obreros alejados del boom económico;
lo hacen también aquellos que repelen la guerra en la Indochina y no faltan
también los colectivos minoritarios deseosos de expresar sus deseos de
libertad. De este caldo de cultivo, sobre el que se ponen al frente
intelectuales de la talla de Jean Paul Sartre y Alain Touraine, poco puede
rescatarse en términos de logros políticos. A decir verdad, el referéndum
provisto por la emblemática figura de De Gaulle y su llamado a la sociedad
francesa socavó los intentos más radicales de generar un cambio de eje de
Francia en su posición interna y externa, y su más acabada nota quedó
registrada tras los acuerdos de Grenelle, y el “giro oportunista” del Partido
Comunista Francés y sus miembros cuando las subas salariales alcanzarón el 14%.
La romántica ilusión de la revolución se esfumó bajo el concreto peso de los
billetes franceses.
También podrá
criticarse el alto grado de irracionalidad –o utopismo- que exasperó las
voluntades. De aquella época sobreviven excelentes piezas gráficas originadas
por alumnos de Bellas Artes que propagaron consignas como Interdit d’interdir (“Prohibido prohibir”), L’imagination au pouvoir (“La imaginación al poder”) o buscaban
reflexionar a través de la ironía de Sois
jeune et tais toi (“Sé joven y cállate”). Pero si algo permite la lectura a
destiempo es afirmar que cierto aire de pesimismo ganaba las almas que
comenzaban a reconocer la imposibilidad
de la revolución que traería –por medio de la fuerza- la abolición de la
explotación del hombre por el capital –para pasar luego a una explotación del
hombre por el Estado-.
De las muchas
causas encausadas en aquellas revueltas de 44 años ha, las expresadas en los
afiches fueron únicamente las que se desarrollaron. Se encontrará el rechazo al
autoritarismo, la represión policial, la burguesía, una afiliación al
antimilitarismo, un llamado al pacifismo, un debate sobre la oportunidad de las
mujeres en la sociedad transmitido a través del feminimiso radical, y además,
una llamada de atención al sopor generado desde los medios de comunicación.
Las lecciones del
68 repercutieron en su inmediato cercano: manifestaciones en Checoslovaquia, la
Berlín Occidental, Estados Unidos ó incluso México. Más tarde será patrón de
comparación con otras tantas revueltas estudiantiles, como la que sucederá en
la Plaza de Tiananmen, en 1989. Algunos analistas de época llegaron a considerar que el 68 fue la última
oportunidad de generar un cambio de base en las estructuras de una sociedad.
Pero no será así mientras el recuerdo y el análisis siga vivo; mientras la
injusticia y la desigualdad de oportunidades siga levantando a las generaciones
en pos de una mejoría popular. La revolución árabe ha mostrado mantener intacto
el espíritu despierto, y en numerosos puntos las comparaciones pueden ser
válidas con el 68 o también el 15-M. En todo caso cabría formularse si las
condiciones que preceden y suceden un hecho de semejantes características están
presentes en nuestra sociedad hoy. ¿Se cuenta con una verdadera preocupación
por cambiar un contexto desigual dado por hecho? No. ¿Se tiene la voluntad
política de superar el estadío reaccionario y apelar al debate para generar las
acciones tendientes a movilizar la reforma?. Sin la primera, esta segunda se
encuentra en graves dificultades de subsistr. Es entonces cuando hay que volver
a un tortuoso ejercicio practicado por los viejos pensadores: ¿Por qué? y ¿Para qué?.
