jueves, 24 de mayo de 2012

¿Por qué? y ¿Para qué?, o sobre cómo quitarse la legaña de los ojos y la cera de los oídos.


Sé joven y cállate
1968. Mayo. París. La temperatura primaveral que empieza a despertar entre las estrechas veredas grises como el invierno que se va favorecen el hervor sanguíneo de cientos de jóvenes descontentos con un sistema que no les promete ni flores ni alegrías histriónicas como las que genera el movimiento hippie al otro lado del océano. En cambio, está vivo el recuerdo de la Guerra de Argelia; Vietnam sigue tomando vidas en un escenario que orquesta la lucha de dos modelos; está fresco el recuerdo del guerrillero asesinado en Bolivia y sus incursiones al África ahogada bajo la dominación extranjera; además, la revolución maoísta; y por si poco fuera, el Estado de Bienestar comienza a mostrar las grietas que años atrás parecían imposibles de avanzar bajo un nuevo modo de producción.
En este contexto detona la efervescencia social a partir del cierre de la Universidad de Nanterre, que lleva a los estudiantes de la Sorbona a abrazarse a la causa que tiene foco en el barrio latino de París. Allí convergieron, sin una agenda común, los universitaros descontentos por un mercado incapaz de contenerlos; también, los obreros alejados del boom económico; lo hacen también aquellos que repelen la guerra en la Indochina y no faltan también los colectivos minoritarios deseosos de expresar sus deseos de libertad. De este caldo de cultivo, sobre el que se ponen al frente intelectuales de la talla de Jean Paul Sartre y Alain Touraine, poco puede rescatarse en términos de logros políticos. A decir verdad, el referéndum provisto por la emblemática figura de De Gaulle y su llamado a la sociedad francesa socavó los intentos más radicales de generar un cambio de eje de Francia en su posición interna y externa, y su más acabada nota quedó registrada tras los acuerdos de Grenelle, y el “giro oportunista” del Partido Comunista Francés y sus miembros cuando las subas salariales alcanzarón el 14%. La romántica ilusión de la revolución se esfumó bajo el concreto peso de los billetes franceses.
También podrá criticarse el alto grado de irracionalidad –o utopismo- que exasperó las voluntades. De aquella época sobreviven excelentes piezas gráficas originadas por alumnos de Bellas Artes que propagaron consignas como Interdit d’interdir (“Prohibido prohibir”), L’imagination au pouvoir (“La imaginación al poder”) o buscaban reflexionar a través de la ironía de Sois jeune et tais toi (“Sé joven y cállate”). Pero si algo permite la lectura a destiempo es afirmar que cierto aire de pesimismo ganaba las almas que comenzaban a reconocer  la imposibilidad de la revolución que traería –por medio de la fuerza- la abolición de la explotación del hombre por el capital –para pasar luego a una explotación del hombre por el Estado-.
De las muchas causas encausadas en aquellas revueltas de 44 años ha, las expresadas en los afiches fueron únicamente las que se desarrollaron. Se encontrará el rechazo al autoritarismo, la represión policial, la burguesía, una afiliación al antimilitarismo, un llamado al pacifismo, un debate sobre la oportunidad de las mujeres en la sociedad transmitido a través del feminimiso radical, y además, una llamada de atención al sopor generado desde los medios de comunicación.
Las lecciones del 68 repercutieron en su inmediato cercano: manifestaciones en Checoslovaquia, la Berlín Occidental, Estados Unidos ó incluso México. Más tarde será patrón de comparación con otras tantas revueltas estudiantiles, como la que sucederá en la Plaza de Tiananmen, en 1989. Algunos analistas de época llegaron a  considerar que el 68 fue la última oportunidad de generar un cambio de base en las estructuras de una sociedad. Pero no será así mientras el recuerdo y el análisis siga vivo; mientras la injusticia y la desigualdad de oportunidades siga levantando a las generaciones en pos de una mejoría popular. La revolución árabe ha mostrado mantener intacto el espíritu despierto, y en numerosos puntos las comparaciones pueden ser válidas con el 68 o también el 15-M. En todo caso cabría formularse si las condiciones que preceden y suceden un hecho de semejantes características están presentes en nuestra sociedad hoy. ¿Se cuenta con una verdadera preocupación por cambiar un contexto desigual dado por hecho? No. ¿Se tiene la voluntad política de superar el estadío reaccionario y apelar al debate para generar las acciones tendientes a movilizar la reforma?. Sin la primera, esta segunda se encuentra en graves dificultades de subsistr. Es entonces cuando hay que volver a un tortuoso ejercicio practicado por los viejos pensadores: ¿Por qué? y ¿Para qué?.

viernes, 11 de mayo de 2012

Chile: levantando las banderas de la reforma



Este sábado 12 de mayo se cumplió el primer aniversario de la primera movilización multitudinaria de los estudiantes del vecino país que se extiende al otro lado de Los Andes, y que puso en jaque la gestión del actual presidente, Sebastián Piñera, a punto tal de desvestir su imagen pública hasta las rodillas, con tan sólo un 26% de margen positivo en el momento de mayor fulgor y atención en la opinión pública.
Este aniversario trae muchos balances para hacer, y a pesar de que las partes se encuentran en orillas opuestas del río, el puente tendido por el gobierno de centroderecha ha logrado elogios –aunque discretos- de la Confederación de Estudiantiles de Chile (Confech).
Gentileza: librered.net
Ahora bien, si se quisiera remontar el curso que estas aguas han marcado en al vida política de la nación vecina, bien habría que encontrar las causas que detonaron el proceso, y sin embargo, faltaría aún advertir las causas reales que la motivan e impulsan, y que algunas veces no están a la orden del día. Para ello, hay que valerse de la “fuente” histórica que dio origen a este caudal que aún inunda las mesas de los cafés en Chile.
Si es posible hallar líneas conexas entre el ahogamiento de una herejía a mediados del siglo XVII, y que fue excusa a los cerebros “iluminados” para orquestar una campaña de difamación contra la Compañía de Jesús que culminó con la expulsión de ésta de Francia, España, y por extensión, la América virreinal, y la Reforma Universitaria surgida en la provincia de Córdoba allá por 1918 con el fin de cambiar el paradigma de una Casa de Altos Estudios de raigambre clerical y conservadora, también pueden atarse lazos entre aquellos jóvenes de galera y origen popular y las banderas que enarbolan Gabriel Boric, y Camila Vallejos, referentes del movimiento estudiantil y, respectivamente, presidente y vice de la Federación Estudiantil de la Universidad de Chile (FECh).
Aquéllos, pedían la apertura de las cátedras que se regían bajo un orden cuasi-feudal; éstos, 94 años después, piden investigar a los altos cargos de la educación superior para conocer fehacientemente si, tras el retorno a la democracia en 1990, los ha movido más el lucro que la noble tarea de formar profesionales y ciudadanos.
Unos, exigían que, a través de la “Extensión Universitaria”, se estrecharan brazos con la sociedad, a fin de que sus miembros volcaran, en un acto de justicia, el conocimiento adquirido; los otros, buscan hoy cambiar la mente de un amplio sector social que ve como una carga el costo de la educación, más aún cuando hace escasos días el primer mandatario anunciaba el envío de un proyecto de ley que implicaría una reforma tributaria que apaliaría la desigual presencia del estado en el sostén de todas las etapas de instrucción.
Los primeros, buscaban garantizar la posibilidad de ascenso social a través de la educación superior, en un país que se desarrollaba al mismo paso que se abrían nuevas escuelas; los últimos, reclaman con tenacidad idealista una posible gratuidad en un sistema reconocido como de los más caros del mundo y que exhibe una brecha enorme en las oportunidades de crecimiento entre aquellos que acceden al último grado de especialización y los que miran de reojo las cuantiosas cifras que arrojan los recibos de sueldo de los profesionales, casi cuatro veces más que los propios (cuando en el mundo la media está en 1,3-1,4 más).
Aquellos sucesos de junio del 18 repercutieron en toda la Argentina, y también en la América Latina: en el Perú, por caso, la posta lanzada devino luego en un partido político, si bien no tuvo prosperidad. Sin embargo, con avances y retrocesos, caminos largos recorridos casi tan largos como los parates surgidos, el legado de los reformistas sigue vigente, y lo comprueba la réplica que sale de bocas que sueltan un español con acento trasandino.
Quizás, el desafío más grande en la costa del Pacífico Sur se dé en pasar de u sistema educacional gratuito. En Chile el Estado aporta 56% de la educación y las familias un 44%. Durante la dictadura de Augusto Pinochet, el presupuesto en educación se redujo de un 7% al 3% del PBI, delegando en muchos casos la enseñanza en manos privadas. La educación superior debe ser costeada por el alumno, que en caso de no disponer de los montos puede recurrir a préstamos bancarios, que una vez asumidos son inclaudicables aunque el joven abandone los estudios.
La propuesta presentada por Harald Beyer (un tecnócrata devenido en Ministro de Educación hace sólo 120 días) el pasado 23 de abril al presidente Piñera propone pasar a manos del Estado el financiamiento de la educación superior, a través de los Créditos con Aval del Estado (CAE). Estos prevén una tasa de interés máxima del 2%, que no podrán absorber más del 10% del sueldo del futuro trabajador que en 15 años, sin importar el estado, pasa a ser completamente anulada.
Pensar una educación gratuita suena imposible: en tiempos de crisis internacional, supondría una carga sobre las arcas del Estado equivalente a la décima parte de las riquezas que Chile acumula por año.  
En palabras de Alieto Guadagni, El siglo XIX fue el siglo de la escuela primaria; el pasado, el de la escuela secundaria, y éste será el siglo de la universidad. En la nueva sociedad del conocimiento prosperarán aquellas naciones que sean capaces de asegurar un alto nivel de calificación a sus recursos humanos; el capital humano de una nación es hoy más importante que la existencia de recursos naturales agotables”. Una lección en la que los chilenos comienzan a accionar, y que los argentinos merecemos no olvidar.

viernes, 4 de mayo de 2012

Con garra(piñada) a la vida

La Universidad de La Matanza es, para muchos, un orgullo, o bien, un oasis en medio del desierto. Sus pasillos, sus jardines, su boulevard sembrado de palmeras con carritos de golf trae la mítica imagen de un college norteamericano. Incluso hay quien recuerda haber salido una tarde de viernes lluviosa de entre los capiteles dóricos y oír un contingente de estudiantes speaking en english. Pero se trata de La Matanza, partido popular y de contrastes si los hay. Y entre una burda imitación del Partenón y la agrietada acera que machacan los bondis está retratado Francisco, adorno natural de este paisaje desde hace más de 20 años.
 La tarde lo trae, y la noche lo despide; el frío lo inquieta, y el calor lo esconde; la garúa no lo inquieta, aunque sí la tormenta, un viejo y conocido enemigo que carga en sus espaldas y que amenaza cada tanto con quebrar su economía, que consiste en vender garrapiñada y otros dulces en la puerta de la facultad.
“Si garúa no pasa nada, porque tengo la sombrilla, ¿vite? Pero si llueve ahí sí. Igual en todo un año me resfrío tré, cuatro vece’ nomá”, aventura tranquilo, sin inmutarse, como durante toda la entrevista. El temperamento de Francisco está curtido por tantos años en la calle, casi tantos que no los recuerda, y el tiempo ya no es algo que le preocupe. “El problema son eso’ viento helado que había antes, pero ya no hay como antes. Porque antes era una cosa que no podías estar, que te congelabas”, asegura.
De a rato, se prolongan los silencios, sólo interrumpidos por algún comprador oportuno que le bate cuánto cuestan las gomitas o la tutuca. “Cuatro”, se limita a decir, y con un “gracias”, termina todo el diálogo. Así transcurren sus semanas, entre la soledad, el silencio y el trabajo. A pesar de los hiatos, el garrapiñero no se siente incómodo; al contrario, pasando los minutos, pareciera que de a puchos quiere confesarse con este comprador de gomitas de eucalipto.
Francisco ya acumula más de 40 en la cuenta y en las manos, únicas cómplices de sus variadísimos oficios. Su piel sería difícil comprobar si siempre fue tan morena, o si habrán sido las horas calientes bajo el sol las que terminaron de templar ese cuero ablandado a rebencazos por las calles de Liniers, donde se pasea de lunes a viernes de manera religiosa, como hace ya dos décadas. Alí cae luego de un eterno viaje siempre accidentado en el 96, que lo arranca de su casita artesanal en el kilómetro 32 de la Ruta 3 hasta la zona de provisión de golosinas.
Desde las 10 de un día hasta el la medianoche del otro, su lugar es la lleca. “Es muy dura la calle; hay días en que salgo a las 10 de la mañana y no como nada. A veces como a eso de las 10, ¿vite?”, y cebándose unos mates y comprando boludeces va aguantando hasta las 23, momento en que las almas huyen despavoridas y se mixturan con las nieblas de la invernal noche. Guarda su carrito a la vuelta de la facu, y se manda a mudar, emponchado.
Francisco aprendió el oficio que le nutre la panza con su hermano, 15 años mayor, a quien perdió de vista hasta llegar a la madurez -esa madurez que genera estar en la vía-. Cuando apenas hablaba, partió del hogar familiar. Más tarde, igual camino emprendería él, motivado por el continuo maltrato de su tutor. "Yo tenía un padrastro muy hijo de puta. Se emborrachaba y me pegaba. A veces se iba a jugar y despué venía y me sacaba a las patadas, y tenía que dormir en la calle. Entonce' a los quince-diecisei' me fui". 
Pero aquella calle, según recuerda él, era diferente a la de hoy, y eso es un asunto de su preocupación: "Lo peor que te podía pasar antes era dormir afuera, o que viniera alguien y te quisiera pegar. Ahora vas para Constitución y tenés pibes que andan robando y que los tienen una casa; los tienen amenazado', o les dan droga pa' que salgan a robar".
Y él, en cambio, a pesar de beber la calle, mantiene la idea de no haberse embriagado: "Yo nunca robé ni le saqué nada a nadie. Cuando no tenía con qué comprarme la mercadería me iba a laburar a la fábrica do-tres mese' y, cuando tenía la plata volvía a lo mío". "Pero antes era distinto -añora con la mirada perdida en la baldoza-. En la Municipalidá no te quieren dar un carné de vendedor ambulante. En el 80' había, pero ahora nada". No pretende obtener ningún rédito social, como planes -que critica- o cobertura médica. Para él, todo siempre salió de su bolsillo. Lo que desea es estar reconocido, es decir "acá estoy yo". Porque entre las idas y venidas de los bondis, el hollín constante, la lluvia limpiadora, el frío, el calor, el sol, la luna, siempre está ahí Francisco, adorno natural de este paisaje desde hace más de 20 años.