viernes, 4 de mayo de 2012

Con garra(piñada) a la vida

La Universidad de La Matanza es, para muchos, un orgullo, o bien, un oasis en medio del desierto. Sus pasillos, sus jardines, su boulevard sembrado de palmeras con carritos de golf trae la mítica imagen de un college norteamericano. Incluso hay quien recuerda haber salido una tarde de viernes lluviosa de entre los capiteles dóricos y oír un contingente de estudiantes speaking en english. Pero se trata de La Matanza, partido popular y de contrastes si los hay. Y entre una burda imitación del Partenón y la agrietada acera que machacan los bondis está retratado Francisco, adorno natural de este paisaje desde hace más de 20 años.
 La tarde lo trae, y la noche lo despide; el frío lo inquieta, y el calor lo esconde; la garúa no lo inquieta, aunque sí la tormenta, un viejo y conocido enemigo que carga en sus espaldas y que amenaza cada tanto con quebrar su economía, que consiste en vender garrapiñada y otros dulces en la puerta de la facultad.
“Si garúa no pasa nada, porque tengo la sombrilla, ¿vite? Pero si llueve ahí sí. Igual en todo un año me resfrío tré, cuatro vece’ nomá”, aventura tranquilo, sin inmutarse, como durante toda la entrevista. El temperamento de Francisco está curtido por tantos años en la calle, casi tantos que no los recuerda, y el tiempo ya no es algo que le preocupe. “El problema son eso’ viento helado que había antes, pero ya no hay como antes. Porque antes era una cosa que no podías estar, que te congelabas”, asegura.
De a rato, se prolongan los silencios, sólo interrumpidos por algún comprador oportuno que le bate cuánto cuestan las gomitas o la tutuca. “Cuatro”, se limita a decir, y con un “gracias”, termina todo el diálogo. Así transcurren sus semanas, entre la soledad, el silencio y el trabajo. A pesar de los hiatos, el garrapiñero no se siente incómodo; al contrario, pasando los minutos, pareciera que de a puchos quiere confesarse con este comprador de gomitas de eucalipto.
Francisco ya acumula más de 40 en la cuenta y en las manos, únicas cómplices de sus variadísimos oficios. Su piel sería difícil comprobar si siempre fue tan morena, o si habrán sido las horas calientes bajo el sol las que terminaron de templar ese cuero ablandado a rebencazos por las calles de Liniers, donde se pasea de lunes a viernes de manera religiosa, como hace ya dos décadas. Alí cae luego de un eterno viaje siempre accidentado en el 96, que lo arranca de su casita artesanal en el kilómetro 32 de la Ruta 3 hasta la zona de provisión de golosinas.
Desde las 10 de un día hasta el la medianoche del otro, su lugar es la lleca. “Es muy dura la calle; hay días en que salgo a las 10 de la mañana y no como nada. A veces como a eso de las 10, ¿vite?”, y cebándose unos mates y comprando boludeces va aguantando hasta las 23, momento en que las almas huyen despavoridas y se mixturan con las nieblas de la invernal noche. Guarda su carrito a la vuelta de la facu, y se manda a mudar, emponchado.
Francisco aprendió el oficio que le nutre la panza con su hermano, 15 años mayor, a quien perdió de vista hasta llegar a la madurez -esa madurez que genera estar en la vía-. Cuando apenas hablaba, partió del hogar familiar. Más tarde, igual camino emprendería él, motivado por el continuo maltrato de su tutor. "Yo tenía un padrastro muy hijo de puta. Se emborrachaba y me pegaba. A veces se iba a jugar y despué venía y me sacaba a las patadas, y tenía que dormir en la calle. Entonce' a los quince-diecisei' me fui". 
Pero aquella calle, según recuerda él, era diferente a la de hoy, y eso es un asunto de su preocupación: "Lo peor que te podía pasar antes era dormir afuera, o que viniera alguien y te quisiera pegar. Ahora vas para Constitución y tenés pibes que andan robando y que los tienen una casa; los tienen amenazado', o les dan droga pa' que salgan a robar".
Y él, en cambio, a pesar de beber la calle, mantiene la idea de no haberse embriagado: "Yo nunca robé ni le saqué nada a nadie. Cuando no tenía con qué comprarme la mercadería me iba a laburar a la fábrica do-tres mese' y, cuando tenía la plata volvía a lo mío". "Pero antes era distinto -añora con la mirada perdida en la baldoza-. En la Municipalidá no te quieren dar un carné de vendedor ambulante. En el 80' había, pero ahora nada". No pretende obtener ningún rédito social, como planes -que critica- o cobertura médica. Para él, todo siempre salió de su bolsillo. Lo que desea es estar reconocido, es decir "acá estoy yo". Porque entre las idas y venidas de los bondis, el hollín constante, la lluvia limpiadora, el frío, el calor, el sol, la luna, siempre está ahí Francisco, adorno natural de este paisaje desde hace más de 20 años.

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