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viernes, 11 de mayo de 2012

Chile: levantando las banderas de la reforma



Este sábado 12 de mayo se cumplió el primer aniversario de la primera movilización multitudinaria de los estudiantes del vecino país que se extiende al otro lado de Los Andes, y que puso en jaque la gestión del actual presidente, Sebastián Piñera, a punto tal de desvestir su imagen pública hasta las rodillas, con tan sólo un 26% de margen positivo en el momento de mayor fulgor y atención en la opinión pública.
Este aniversario trae muchos balances para hacer, y a pesar de que las partes se encuentran en orillas opuestas del río, el puente tendido por el gobierno de centroderecha ha logrado elogios –aunque discretos- de la Confederación de Estudiantiles de Chile (Confech).
Gentileza: librered.net
Ahora bien, si se quisiera remontar el curso que estas aguas han marcado en al vida política de la nación vecina, bien habría que encontrar las causas que detonaron el proceso, y sin embargo, faltaría aún advertir las causas reales que la motivan e impulsan, y que algunas veces no están a la orden del día. Para ello, hay que valerse de la “fuente” histórica que dio origen a este caudal que aún inunda las mesas de los cafés en Chile.
Si es posible hallar líneas conexas entre el ahogamiento de una herejía a mediados del siglo XVII, y que fue excusa a los cerebros “iluminados” para orquestar una campaña de difamación contra la Compañía de Jesús que culminó con la expulsión de ésta de Francia, España, y por extensión, la América virreinal, y la Reforma Universitaria surgida en la provincia de Córdoba allá por 1918 con el fin de cambiar el paradigma de una Casa de Altos Estudios de raigambre clerical y conservadora, también pueden atarse lazos entre aquellos jóvenes de galera y origen popular y las banderas que enarbolan Gabriel Boric, y Camila Vallejos, referentes del movimiento estudiantil y, respectivamente, presidente y vice de la Federación Estudiantil de la Universidad de Chile (FECh).
Aquéllos, pedían la apertura de las cátedras que se regían bajo un orden cuasi-feudal; éstos, 94 años después, piden investigar a los altos cargos de la educación superior para conocer fehacientemente si, tras el retorno a la democracia en 1990, los ha movido más el lucro que la noble tarea de formar profesionales y ciudadanos.
Unos, exigían que, a través de la “Extensión Universitaria”, se estrecharan brazos con la sociedad, a fin de que sus miembros volcaran, en un acto de justicia, el conocimiento adquirido; los otros, buscan hoy cambiar la mente de un amplio sector social que ve como una carga el costo de la educación, más aún cuando hace escasos días el primer mandatario anunciaba el envío de un proyecto de ley que implicaría una reforma tributaria que apaliaría la desigual presencia del estado en el sostén de todas las etapas de instrucción.
Los primeros, buscaban garantizar la posibilidad de ascenso social a través de la educación superior, en un país que se desarrollaba al mismo paso que se abrían nuevas escuelas; los últimos, reclaman con tenacidad idealista una posible gratuidad en un sistema reconocido como de los más caros del mundo y que exhibe una brecha enorme en las oportunidades de crecimiento entre aquellos que acceden al último grado de especialización y los que miran de reojo las cuantiosas cifras que arrojan los recibos de sueldo de los profesionales, casi cuatro veces más que los propios (cuando en el mundo la media está en 1,3-1,4 más).
Aquellos sucesos de junio del 18 repercutieron en toda la Argentina, y también en la América Latina: en el Perú, por caso, la posta lanzada devino luego en un partido político, si bien no tuvo prosperidad. Sin embargo, con avances y retrocesos, caminos largos recorridos casi tan largos como los parates surgidos, el legado de los reformistas sigue vigente, y lo comprueba la réplica que sale de bocas que sueltan un español con acento trasandino.
Quizás, el desafío más grande en la costa del Pacífico Sur se dé en pasar de u sistema educacional gratuito. En Chile el Estado aporta 56% de la educación y las familias un 44%. Durante la dictadura de Augusto Pinochet, el presupuesto en educación se redujo de un 7% al 3% del PBI, delegando en muchos casos la enseñanza en manos privadas. La educación superior debe ser costeada por el alumno, que en caso de no disponer de los montos puede recurrir a préstamos bancarios, que una vez asumidos son inclaudicables aunque el joven abandone los estudios.
La propuesta presentada por Harald Beyer (un tecnócrata devenido en Ministro de Educación hace sólo 120 días) el pasado 23 de abril al presidente Piñera propone pasar a manos del Estado el financiamiento de la educación superior, a través de los Créditos con Aval del Estado (CAE). Estos prevén una tasa de interés máxima del 2%, que no podrán absorber más del 10% del sueldo del futuro trabajador que en 15 años, sin importar el estado, pasa a ser completamente anulada.
Pensar una educación gratuita suena imposible: en tiempos de crisis internacional, supondría una carga sobre las arcas del Estado equivalente a la décima parte de las riquezas que Chile acumula por año.  
En palabras de Alieto Guadagni, El siglo XIX fue el siglo de la escuela primaria; el pasado, el de la escuela secundaria, y éste será el siglo de la universidad. En la nueva sociedad del conocimiento prosperarán aquellas naciones que sean capaces de asegurar un alto nivel de calificación a sus recursos humanos; el capital humano de una nación es hoy más importante que la existencia de recursos naturales agotables”. Una lección en la que los chilenos comienzan a accionar, y que los argentinos merecemos no olvidar.