Jorge Monteleone expuso en la UNLaM sobre su visión particular del significado de las antologías y aprovechó para promocionar su último trabajo: 200 años de poesía argentina.
Con más de 800 poemas provenientes de la mano de 218 escritores de nuestra historia, el escritor, crítico literario y traductor Jorge Monteleone constituyó la segunda antología más vasta de nuestra historia, que recoge las más relevantes liras de nuestra historia: desde la Marcha Patriótica (Himno Nacional) hasta los últimos escritos de la actualidad nacional.
Sobre el origen y las características de la poesía, y la concepción íntima de una antología se cernió el último encuentro de las Primeras Jornadas sobre Comunicación, Ideología y Discursos Populares, celebras en la Universidad Nacional de la Matanza entre el 23 y 24 de setiembre.
En los comienzos de su disertación, Monteleone prefirió abocarse a la explicación del proceso selectivo de poemas y autores. Con tranquilidad y buen semblante, este profesor de Letras de la UBA comienza hablando sobre la noción de canon. “La constitución de un canon supone inclusión y exclusión de textos -resume en pocas palabras-. Es un término normativo pero ilusoriamente normativo, que implica siempre lo estático y lo dinámico, desde la vista de su construcción”. Allí ahonda en la injerencia de los grupos de selección: clases dominantes, instituciones escolares, voces autorizadas en la materia, etc. Es por ello, tal cual recalca, que ciertos autores y relatos pasan a formar parte de la memoria cultural, mientras otros no.
Allí se detiene, y ahonda en la relatividad normativa que supone. “A mí se me ocurrió una definición normativa de lo que significa el Canon para un antólogo. Acuñé este doble concepto metafórico: El canon se escribe en el mármol, pero también el agua. Escribir en mármol significa escribir en monumento. Lo escrito para que perdure. De hecho acopla a la educación. Si les digo ‘el padre de la patria’, saben a quien me refiero sin nombrarlo. Así sucede con los valores canónicos de la literatura nacional: el Martín Fierro.”
Pero el canon también se escribe en el agua. “Fluye”, según su manera de decir. No conserva ni transmite, se modifica. Cuestiona lo que se escribe para permanecer. Habría una fuerza estática y centrípeta y una dinámica y centrífuga. Por un lado conserva y por la otra modifica. “Es así como ciertos autores son silenciados en una época, mientras que en otra vuelven como legibles”, termina por redondear.
Tras ahondar en el proceso de construcción de 200 años de poesía argentina (ed. Alfaguara; $149.-), en la que se empapó de trabajos similares precedentes, Monteleone da lugar a comprender la función que la poesía tomó en estos 200 años de historia. “LA POESIA SIEMPRE FUE POLÍTICA EN LA ARGENTINA DESDE SUS COMIENZOS”. El claro ejemplo lo cita el mismo Himno, que es una poesía, una proyección simbólica del deseo independentista. Así también aparece La Cautiva, de Esteban Echeverría. “La idea de un desierto forma parte del imaginario poético. Para Echeverría tenía un significado doble; también para Sarmiento. En Facundo Sarmiento encuentra el mal del país: la extensión. Para Echeverría es el espacio, el territorio que debe ser poblado, el más pingüe patrimonio. Pero no sólo con hombres. Debe también ser poblado de palabras”, señala con simpleza y armonía en su expresión.
Tulio Halperín Donghi mencionaba la exitencia de una nación que se proyectaba sobre el Desierto. De ahí toma ánimos Monteleone para afirmar que “en ese desierto hay una voz”. Es la voz del Martín Fierro, ese gaucho que viene a recobrar el espíritu alicaído de esta figura telúrica. “En el momento en el que Hernandez escribe este poema –continúa tras una breve pausa- la poesía se articula como origen. Y lo hace en la voz argentina del gaucho. Es la articulación de una oralidad en esta figura particular. José Hernandez es escritor letrado, pero Fierro dice yo no soy cantor letrao. Al decir esto, funde en esa voz la lengua poética argentina. Cuando el verso letrado-octosílabo- se articula con la voz del gaucho no tradicional, ahí hay un origen.
Con más de 800 poemas provenientes de la mano de 218 escritores de nuestra historia, el escritor, crítico literario y traductor Jorge Monteleone constituyó la segunda antología más vasta de nuestra historia, que recoge las más relevantes liras de nuestra historia: desde la Marcha Patriótica (Himno Nacional) hasta los últimos escritos de la actualidad nacional.

Sobre el origen y las características de la poesía, y la concepción íntima de una antología se cernió el último encuentro de las Primeras Jornadas sobre Comunicación, Ideología y Discursos Populares, celebras en la Universidad Nacional de la Matanza entre el 23 y 24 de setiembre.
En los comienzos de su disertación, Monteleone prefirió abocarse a la explicación del proceso selectivo de poemas y autores. Con tranquilidad y buen semblante, este profesor de Letras de la UBA comienza hablando sobre la noción de canon. “La constitución de un canon supone inclusión y exclusión de textos -resume en pocas palabras-. Es un término normativo pero ilusoriamente normativo, que implica siempre lo estático y lo dinámico, desde la vista de su construcción”. Allí ahonda en la injerencia de los grupos de selección: clases dominantes, instituciones escolares, voces autorizadas en la materia, etc. Es por ello, tal cual recalca, que ciertos autores y relatos pasan a formar parte de la memoria cultural, mientras otros no.
Allí se detiene, y ahonda en la relatividad normativa que supone. “A mí se me ocurrió una definición normativa de lo que significa el Canon para un antólogo. Acuñé este doble concepto metafórico: El canon se escribe en el mármol, pero también el agua. Escribir en mármol significa escribir en monumento. Lo escrito para que perdure. De hecho acopla a la educación. Si les digo ‘el padre de la patria’, saben a quien me refiero sin nombrarlo. Así sucede con los valores canónicos de la literatura nacional: el Martín Fierro.”
Pero el canon también se escribe en el agua. “Fluye”, según su manera de decir. No conserva ni transmite, se modifica. Cuestiona lo que se escribe para permanecer. Habría una fuerza estática y centrípeta y una dinámica y centrífuga. Por un lado conserva y por la otra modifica. “Es así como ciertos autores son silenciados en una época, mientras que en otra vuelven como legibles”, termina por redondear.
Tras ahondar en el proceso de construcción de 200 años de poesía argentina (ed. Alfaguara; $149.-), en la que se empapó de trabajos similares precedentes, Monteleone da lugar a comprender la función que la poesía tomó en estos 200 años de historia. “LA POESIA SIEMPRE FUE POLÍTICA EN LA ARGENTINA DESDE SUS COMIENZOS”. El claro ejemplo lo cita el mismo Himno, que es una poesía, una proyección simbólica del deseo independentista. Así también aparece La Cautiva, de Esteban Echeverría. “La idea de un desierto forma parte del imaginario poético. Para Echeverría tenía un significado doble; también para Sarmiento. En Facundo Sarmiento encuentra el mal del país: la extensión. Para Echeverría es el espacio, el territorio que debe ser poblado, el más pingüe patrimonio. Pero no sólo con hombres. Debe también ser poblado de palabras”, señala con simpleza y armonía en su expresión.
Tulio Halperín Donghi mencionaba la exitencia de una nación que se proyectaba sobre el Desierto. De ahí toma ánimos Monteleone para afirmar que “en ese desierto hay una voz”. Es la voz del Martín Fierro, ese gaucho que viene a recobrar el espíritu alicaído de esta figura telúrica. “En el momento en el que Hernandez escribe este poema –continúa tras una breve pausa- la poesía se articula como origen. Y lo hace en la voz argentina del gaucho. Es la articulación de una oralidad en esta figura particular. José Hernandez es escritor letrado, pero Fierro dice yo no soy cantor letrao. Al decir esto, funde en esa voz la lengua poética argentina. Cuando el verso letrado-octosílabo- se articula con la voz del gaucho no tradicional, ahí hay un origen.