Redacción: Zico
Si algún día te hallases frente a esta frase, querrá decir que te encuentras entre los agraciados que tienen ante sí la chance de contar con una reflexión de extrema simpleza sobre la realidad contemporánea. Sumas al sinnúmero de pequeños lectores que este libro atesora, o has querido (o te has visto obligado a) desempolvarlo, apretarlo fuerte entre tus manos, pasar las hojas a velocidad y recordar algún pasaje que quedó grabado a fuego en tu memoria narrativa.
Significa, en fin, que tenés una obra de lectura simple y compleja, de trama sencilla y profundo contenido. Una insólita pieza dentro de la antología de su creador, incomparable con las demás: adaptada para un niño, un joven o una persona mayor, y dedicada al infante que un hombre alguna vez fue. Resplandor del “difícil arte de escribir fácil”, en palabras de Arturo Jauretche.
No es más –ni menos- que El Principito. La obra maestra de Antoine de Saint-Exupery (sobre quien volveremos). Le petit Prince (à français) abarca el relato de un piloto que sufre una avería en el desierto del Sahara y sobre cómo sobrelleva aquellos días a mil kilómetros de todo lugar habitado con la inexplicable presencia de un niño que aparece ante él. Este niño, que no parecía perdido, ni muerto de cansancio, que recubría el ambiente con un aire de ensueño, formulaba preguntas sin reparar en las que el aviador le hacía. A través de las requisitorias y las palabras sueltas del pequeñito, este aviador empieza a descubrir qué hace ese niño allí.
El principito habita un pequeñísimo asteroide, que comparte con una flor caprichosa y tres
volcanes. Pero tiene “problemas” con la flor y empieza a sufrir soledad, hasta que decide abandonar el planeta en busca de un amigo. Para lograr su cometido recorre distintos planetas, pero todos lo dejan sorprendido por el concepto de “seriedad” que sus habitantes presentan. Llegado a
Pero sobre todo, “Saint-Ex” presenta en la voz del niño de los cabellos rubios una dura réplica a los valores que quieren imponerse y regir la realidad. A las preguntas más esenciales sobre la vida, articula una serie de respuestas inquietantes y sorprendentes. Ese niño pretende llenar la vacuidad de “las personas mayores” con el amor y la amistad, pilares de base en su obra.
El autor, que en toda sus obras recupera alguna anécdota de su infancia, plasma a cada trazo sus recuerdos más grato: su niñez, los momentos en compañía de su madre, los veranos en los campos verdes de su Francia natal; en fin, aquéllos días en que era puro. Quienes lo conocieron dicen que se pasaba los ratos garabateando niños en las servilletas y los márgenes de las hojas. Allí buscan algunos el motivo de esta obra. Otros dicen que fue el recuerdo que le producía un niño al que conoció durante un viaje por
Los hombres no hacen más que juzgar imperioso lo que no es más que banalidad y superficialismo. Ya en Cartas al General X, Saint-Ex se encarga de fustigar al hombre moderno, enlatado en una forma de vida chata y sin horizontes. El juicio irónico que realiza el principito es más que elocuente. Tan sólo se necesita rememorar su conclusión sobre
Hacen falta muchos jóvenes como tu, Ezequiel, en Argentina, en España, y todas partes, que quieran dejarse sorprender como el autor del Principito, que quieran ver con el corazón. Muchos, como tu, también entre los jóvenes comunicadores de Crónica Blanca, se han identificado con esta sensibilidad para comunicar de un modo diferente, por mirar de un modo diferente. Benditos seais. Yo quiero, aún mayor que vosotros, no ser de las "personas mayores" de las que habla Saint-Exupery, sino los que no teneis ninguna gana de englosar el número de automatas que ven y cuentan superficialmente, los que se quedan en el sombrero, y no ven el elefante.
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