| Idéntico ejemplar del que a mis ojos calentaba la butaca del 80. |
Yo no podía creer que el vejete del billete
de 50 pesos estuviera sentado delante de mí. Pero mis sentidos se enervaron
instantáneamente al verlo allí, cruzando los brazos sobre el regazo, tomando la
muñeca izquiera con la mano derecha, dejando caer de ella un vistoso reloj y
por la siniestra una pequeña carpetita, y como todos los pasajeros de esa
tarde, agitando la papada al son de los adoquines sobre los que se desplazaba
con movimiento rectilíneo y uniforme esta vieja unidad del 80.
A los pies, unos zapatitos que no sabría definir -ni yo ni nadie- si eran marrones o bordó; acompañaban las extremidades unas medias de vestir que hacían juego con el pantaloncete azul marino, y sobre el tronco el detalle: un blazer verde inglés a cuadros amarillos y amarronados, con sutiles cuadrículas azul marino. El cuello de la camisa le ajustaba bien arriba, y dejaba al asombro de mis ojos esa enorme cabeza calva, con algodones en las sienes y esas espesas cejas que bien ilustran al Domingo Faustino Sarmiento del ejemplar de 50 maravedíes argentos. Por si acaso, este ejemplar estaba a color, no como el que en muy contadas ocasiones suelo llevar en mi desgarrada billetera.
Pero ése día llevaba un Sarmiento en el bolsillo. Animé la mano izquerda contra la cola (siempre llevo la billetera en esa zona que se presta a la sorpresa cuando es invadida por mano ajena). Ahí no estaba hoy. Cauto al reflejo, sin perder la calma, hundí las manos en el morral y recuperé la cuerina plegada que aloja los papeles. Atiné a abrirla con prisa, -o bien, con la velocidad que me permitían los amortiguadores de la carrocería cruzando la parte pedregosa de Los Incas - y acaricié la clara figura contra las yemas de los dedos, una, dos, tres y más veces.
No me animaba a sin más levantarme del asiento y sentarme a su lado, a pesar de que la inquietud me minaba el alma. La situación sería muy incómoda, porque ya estábamos sentados, y encima enfrentados. Pero me había quedado el sabor de volver atrás en el tiempo ¡y conocer en persona a uno de los próceres!. Pero los tobillos estaban pegados al suelo, y la siempre inoportuna racionalidad volvió al cuerpo para coartar las fantasías que la imaginación maquinaba.
En fin, me limité a levantarlo a la altura de mis ojos la figura a dos tonos y compararla con la de carne, hueso... y cejas. Por un momento dudé que fuera pariente de Ricardo Gil Lavedra. Pero la bolsa de las mejillas, y la mirada fulgurante a pesar de las cuencas orbitales hundidas, me traía la sensación de tosudez y de paciencia, de un rostro sereno que es la portada que abre paso a una cabeza especuladora. Algo así, que aunque intentara desconectarlo, no podía sino asimilarlo a Sarmiento. Porque, encima, el Sarmiento te clava las pupilas de tinta adonde lo mires, y éste, el de ojos de material orgánico, ¡cada tanto me cruzaba la mirada!
Todo este impasse de pensamientos, sensaciones, ironías y rememoraciones acabó poco antes de las cinco esquinas que forman Alvarez Thomas, Los Incas y Delgado. Bajó en una esquinita de ensueño, donde descansa en la ochava una casa de estilo tirolés con ventanal a madera y blancas cortinas. En este lugar desencajado en el ecosistema de Villa Urquiza, desapareció a paso lento, como de ensueño, y yo, débilmente dormitado tras la salida de la monótona rutina que me castiga desde temprano en los lunes hasta el mediodía de los viernes, me hundí en el sopor del motor y el constante tiritar del vidrio de la ventana que acostumbra masajearme la sien y los cabellos...
Un dato de color: La línea 80 (Transportes Nueva Chicago C.I.S.A.) sale de Barrancas de Belgrano. ¿Saben dónde termina? En el Barrio Sarmiento...
A los pies, unos zapatitos que no sabría definir -ni yo ni nadie- si eran marrones o bordó; acompañaban las extremidades unas medias de vestir que hacían juego con el pantaloncete azul marino, y sobre el tronco el detalle: un blazer verde inglés a cuadros amarillos y amarronados, con sutiles cuadrículas azul marino. El cuello de la camisa le ajustaba bien arriba, y dejaba al asombro de mis ojos esa enorme cabeza calva, con algodones en las sienes y esas espesas cejas que bien ilustran al Domingo Faustino Sarmiento del ejemplar de 50 maravedíes argentos. Por si acaso, este ejemplar estaba a color, no como el que en muy contadas ocasiones suelo llevar en mi desgarrada billetera.
Pero ése día llevaba un Sarmiento en el bolsillo. Animé la mano izquerda contra la cola (siempre llevo la billetera en esa zona que se presta a la sorpresa cuando es invadida por mano ajena). Ahí no estaba hoy. Cauto al reflejo, sin perder la calma, hundí las manos en el morral y recuperé la cuerina plegada que aloja los papeles. Atiné a abrirla con prisa, -o bien, con la velocidad que me permitían los amortiguadores de la carrocería cruzando la parte pedregosa de Los Incas - y acaricié la clara figura contra las yemas de los dedos, una, dos, tres y más veces.
No me animaba a sin más levantarme del asiento y sentarme a su lado, a pesar de que la inquietud me minaba el alma. La situación sería muy incómoda, porque ya estábamos sentados, y encima enfrentados. Pero me había quedado el sabor de volver atrás en el tiempo ¡y conocer en persona a uno de los próceres!. Pero los tobillos estaban pegados al suelo, y la siempre inoportuna racionalidad volvió al cuerpo para coartar las fantasías que la imaginación maquinaba.
En fin, me limité a levantarlo a la altura de mis ojos la figura a dos tonos y compararla con la de carne, hueso... y cejas. Por un momento dudé que fuera pariente de Ricardo Gil Lavedra. Pero la bolsa de las mejillas, y la mirada fulgurante a pesar de las cuencas orbitales hundidas, me traía la sensación de tosudez y de paciencia, de un rostro sereno que es la portada que abre paso a una cabeza especuladora. Algo así, que aunque intentara desconectarlo, no podía sino asimilarlo a Sarmiento. Porque, encima, el Sarmiento te clava las pupilas de tinta adonde lo mires, y éste, el de ojos de material orgánico, ¡cada tanto me cruzaba la mirada!
Todo este impasse de pensamientos, sensaciones, ironías y rememoraciones acabó poco antes de las cinco esquinas que forman Alvarez Thomas, Los Incas y Delgado. Bajó en una esquinita de ensueño, donde descansa en la ochava una casa de estilo tirolés con ventanal a madera y blancas cortinas. En este lugar desencajado en el ecosistema de Villa Urquiza, desapareció a paso lento, como de ensueño, y yo, débilmente dormitado tras la salida de la monótona rutina que me castiga desde temprano en los lunes hasta el mediodía de los viernes, me hundí en el sopor del motor y el constante tiritar del vidrio de la ventana que acostumbra masajearme la sien y los cabellos...
Un dato de color: La línea 80 (Transportes Nueva Chicago C.I.S.A.) sale de Barrancas de Belgrano. ¿Saben dónde termina? En el Barrio Sarmiento...